16 de abril de 2013

Un pequeño esbozo sobre Allan Kardec




En 1861 el obispo de Barcelona ordenó requisar 300 libros de Allan Kardec y, formando una pira, los mandó quemar públicamente en el Parque de la Ciudadela.

Preocupado por lo sucedido, Allan Kardec interrogó a los espíritus. Éstos le recomendaron que no se sintiera molesto, puesto que de aquel acto surgirían más lectores de sus libros.
Al poco tiempo del aquel "acto de fe", moría el obispo de Barcelona.

Convocado poco después el espíritu del obispo, éste, arrepentido, explicó que una voz horrible le perseguía sin dejar de gritarle "Quemaste las ideas y las ideas te quemarán".

Al principio de ver la luz "El Libro de los Espíritus" (1857-1860), y "El Libro de los Médiums" (1861) ambos considerados herejes por la iglesia católica, sufrieron grandes vicisitudes. Es por eso que seguramente impelido por los Espíritus Superiores, y para evitar más cortapisas y enfrentamientos a su difusión, escribió "El Evangelio según el Espiritismo" (1864) y "El Cielo y el Infierno" (1865). A pesar de que estos términos no tienen cabida en el Espiritismo.

Allan Kardec nunca pretendió como alegaba alguno de sus adversarios, reemplazar al cristianismo ni a ninguna otra religión, sino que el Espiritismo fuera una filosofía racional basada en hechos demostrados repetidamente, que recuperaba el sentido de todas las religiones: la caridad universal.

Sin embargo, en una ocasión escribió: "La moral del Espiritismo no es diferente de la de Jesús".


Albert B.B

18 de febrero de 2013

Concepto espírita de educación

    J. Herculano Pires

Encarada en una perspectiva espírita, la Educación nos presenta dos aspectos fundamentales: es el proceso de integración de las nuevas generaciones en la sociedad y en la cultura del tiempo, pero también es el proceso de desenvolvimiento de las potencialidades del ser en la existencia, con vistas a su destino trascendente. Cada ser trae consigo, para cada existencia, los resultados de su desenvolvimiento anterior, en existencias pasadas. Estos resultados se encuentran en estado latente en su inconsciente, pero desde los primeros años de vida comienzan a revelarse en sus tendencias y en el conjunto de las manifestaciones de su temperamento. Cabe a los padres y a los educadores observar estas señales y orientar su ajuste a las condiciones actuales, corrigiendo las deficiencias y las exageraciones en la medida de lo posible y al mismo tiempo propiciando nuevos desenvolvimientos en la actual existencia.

El niño encarna al ser con todas sus potencialidades morales y espirituales, pero su instrumento de manifestación, el cuerpo físico, no se presenta en condiciones inmediatas de manifestar en plenitud su estadio evolutivo. El ser está sujeto, inicialmente, a las condiciones biológicas de la especie. Sólo a través del desenvolvimiento orgánico el ser se definirá en sus características individuales y revelando su capacidad de ajuste social y cultural, como también sus posibilidades de auto-superación moral y espiritual.

Podremos así establecer el esquema de su evolución existencial según las fases generalmente admitidas en el plano pedagógico: el ser biológico se complementa en el ser social, éste en el ser moral y éste en el ser espiritual. Compete a la Educación auxiliarlo en ese desenvolvimiento progresivo y orientarlo hacia nuevas conquistas en futuras existencias. La Educación Espírita no puede restringirse a los fines inmediatos del proceso educativo, que caracteriza las formas pragmáticas de la Educación del pasado y del presente. Sus fines superiores consisten en el desenvolvimiento de toda la perfectibilidad posible del ser, como quería Kant.

El concepto espírita del hombre nos muestra al ser en la existencia con dos formas corporales y dos destinos inter-relacionados. El cuerpo físico es su instrumento de vivencia terrena, pero el cuerpo espiritual o periespíritu es el organismo etéreo del cual debería servirse en la  continuidad superexistencial de esta vivencia. Esta dualidad-relativa del hombre, de la cual trata Rhine, se manifiesta también en su estructura mental. De acuerdo con el descubrimiento de Frederich Myers, hoy más válida que en su tiempo, tendremos la mente supraliminal y la mente subliminal. La Psicología Profunda y la Parapsicología confirmaron las conclusiones de Myers en este sentido. No habrá más ninguna posibilidad de dudas al respecto.

Procuremos dejar este problema bien claro. En nuestra vida diaria verificamos que existe un límite definido para nuestra mente, que funciona en relación permanente con el exterior. Captamos las sensaciones del mundo por nuestros sentidos orgánicos — el tacto, la audición, la visión, el olfato, el gusto etc. — y con estos datos sensoriales elaboramos nuestra visión del mundo y establecemos nuestras relaciones con el medio físico y el medio social en que vivimos. La estructura mental que resulta de esta elaboración es lo que generalmente llamamos mente, formada por las categorías de la razón, hoy consideradas como formas dinámicas de la experiencia. Esta es la mente de relación, que establece la relación con el mundo y con los otros. Pero cuando dormimos y soñamos, o cuando nos distraemos, cuando huimos de la realidad en un instante de ausencia psíquica, o cuando actuamos impulsivamente, llevados por alguna emoción, notamos que hay en nosotros algo más que esta mente disciplinada. Percibimos, vemos, sentimos y actuamos fuera de los límites de la razón y por lo tanto de la mente.

La división hecha por Myers corresponde a las meditaciones del consciente e inconsciente del Psicoanálisis. Pero mucho antes que Freud y Myers ya Kardec colocaba el problema en El Libro de los Espíritus, al tratar de las manifestaciones anímicas en el campo de la mediumnidad y al investigar el fenómeno de la independencia del alma durante el sueño. Freud tenía apenas un año de edad cuando este libro fue publicado. Así, las teorías de Freud, Myers y todos los demás sólo hicieron confirmar la teoría espírita. Esta mente que se revela como algo más profundo que la mente de relación es la que podemos llamar mente de profundidad. Sus categorías son mucho más numerosas y más ricas que las de la mente de relación.

Podemos ahora comprender con más claridad la teoría de la mente supraliminal y de la mente subliminal formulada por Myers. Nuestra mente de relación reposa sobre una especie de suelo, debajo del cual se encuentra la mente de profundidad. Por esto Myers llamó mente de  relación de consciencia supraliminal y la mente de profundidad de consciencia subliminal. La primera está sobre el limial de la consciencia y la otra debajo de este limial. Cuando sentimos un impulso inconsciente o tenemos un presentimiento, hubo una invasión, según Myers, de la mente de relación por las corrientes psíquicas del pensamiento y emoción de la mente de profundidad. Hay una relación constante entre las dos formas mentales. Esta relación aumentará en la proporción en que se desenvuelve el ser, en que su evolución dará mayor flexibilidad a su estructura mental. Es esto lo que hoy permite la investigación científica de la reencarnación.

De esta manera la Educación Espírita no puede limitarse a la mente de relación, puesto que ella sólo representa un momento del ser. Dewey señaló que la Educación existe en función de la muerte. Si no muriésemos no precisaríamos de este proceso, toda vez que la cultura no sufriría solución de continuidad. Pero la muerte sustituye unas generaciones por otras y cada nueva generación será heredera de la cultura elaborada por la anterior. Recibe esta herencia a través de la Educación y la reelabora según sus nuevas disposiciones, su nueva manera de encarar al mundo. Si Dewey hubiese tenido la visión espírita de René Hubert agregaría que la Educación existe en función de la reencarnación. Vemos, gracias a la reencarnación, que el desenvolvimiento del ser no es continuo, sino discontinuo. En cada existencia terrenal el ser desenvuelve ciertas potencialidades, pero la ley de la inercia lo retiene en una posición determinada por los límites de la cultura en que se desenvolvió.

Con la muerte corporal él regresa al mundo espiritual y tendrá una nueva existencia en este mundo. La muerte rompe su condicionamiento terreno y él podría entonces verificar que los límites a que llegara eran apenas temporales. Fuera del tiempo y del espacio físico sus percepciones se amplían y el ser comprende que su perfectibilidad — su capacidad de alcanzar la perfección — no tiene límites, o por lo menos los límites terrenos. Volviendo a una nueva encarnación el ser podrá reiniciar con más eficacia el desenvolvimiento de su perfectibilidad. Pero si no recibiere en la vida terrenal los estímulos necesarios podrá sentirse nuevamente preso a la condición de la vida anterior en la Tierra, estacionando en una repetición de estadio. Es esto lo que se llama círculo vicioso de la reencarnación. La Educación Espírita tiene por función evitar que el ser vaya a caer en este círculo.

Podremos ahora comprender mejor el concepto interexistencial del hombre. La criatura humana, en esta existencia, no está sujeta apenas  al plano existencial terreno. Ella existe en el aquí y en el ahora, pero trae consigo la mente de profundidad que conecta a la existencia espiritual de la cual proviene. En las horas de vigilia el ser humano vive esta existencia, pero en las horas de sueño su cuerpo espiritual permite y hasta determina su constante relación mediúmnica con los seres existentes en otra dimensión de la realidad. Vivimos entre dos existencias y no sólo en una, como supone la ilusión materialista. No somos apenas lo existente de la concepción existencialista, somos el interexistente de la concepción espírita. El concepto de alienación atribuido a las religiones por los materialistas y pragmáticos es así devuelto a ellos. No será alienado el ser que interexiste, pero sí aquel que apenas existe, que piensa poder vivir únicamente la existencia pasajera de la Tierra.

Pero mientras las religiones hacen de la vida espiritual un misterio envuelto en la magia y el misticismo — lo que al menos en parte da la razón al concepto de alienación del materialismo — el Espiritismo revela que la vida espiritual es natural y no sobrenatural y debe ser encarada con el mismo realismo de la vida terrenal. Las Filosofías Existenciales, en nuestro tiempo, definen la vida como subjetiva y reconocen que su objetivo es la trascendencia. No vivimos orgánicamente, sino de manera psicológica. Vivimos de aspiraciones, de interpretaciones de la realidad, de sueños y muchas veces de ilusiones. Son nuestros pensamientos y sentimientos, nuestras emociones y nuestros deseos los que determinan nuestro comportamiento. Por esto la realidad nos sorprende y nos decepciona. Sabemos que tendremos que morir, pero nuestra intuición interior nos dice que no moriremos. Sin los datos espíritas al respecto de la realidad global de nuestro ser y de nuestra posición en el mundo no sabríamos equilibrar esta contradicción de la mente de relación. En el proceso educativo la Religión debería ejercer la función equilibradora, mientras que no la ejerce en virtud de los contrastes a los cuales se encuentra presa. Su posición contraria a la de la Ciencia establece los conflictos de la educación lega con la educación religiosa. La Educación Espírita, fundada en la Ciencia Espírita, elimina estos conflictos y nos lleva al campo de la Educación Integral. Se habla hoy de Educación Permanente. La Educación Espírita no es sólo permanente, continua, sino sobretodo integral.

La dualidad expresada en los conceptos de objetivo y subjetivo no será conflictiva, sino complementaria. Cada uno de esos conceptos nos da una cara de la realidad total. Es lo que ya vimos en la constitución del hombre, de sus cuerpos y de su estructura mental. Georges  Kerchensteiner ubica este problema en el campo de la cultura y nos señala lo siguiente: toda cultura se divide en dos planos, el objetivo y el subjetivo. La cultura objetiva se concretiza en los planos de las obras y de las realizaciones materiales, constituyendo por así decirlo el cuerpo físico de las civilizaciones. La cultura subjetiva se constituye de las ideas, de los principios, de las aspiraciones de cada civilización. Es su alma, su espíritu en ella encarnado. Ernst Cassirer nos muestra que esta alma impregna la cultura objetiva, de manera que de las obras materiales de una cultura muerta podemos hacer resucitar su espíritu, como aconteció, por ejemplo, en la resurrección de la cultura greco-romana durante el Renacimiento.

Una Educación que no tenga en consideración estas realidades históricas y culturales está condenada a agotar su contenido y morir. La Educación no actúa apenas en el plano individual, sino también en el plano colectivo. La suma de los procesos educativos de cada civilización resultará siempre en una síntesis que tenderá a aplicarse cada vez más intensamente a toda la Humanidad. La Educación Cristiana reveló esta tendencia a la universalización, pero sus esfuerzos fueron obstruidos por la oposición del formalismo religioso de las iglesias cristianas al desenvolvimiento científico. Por esto ella fue superada por la Educación Laica. La Educación Espírita ahora se impone como la síntesis de ese conflicto entre la Religión y la Ciencia. Su capacidad de armonizar los datos de la Religión con los datos Científicos le permite responder plenamente a las exigencias de nuestro tiempo, en el momento exacto en que la pesquisa científica rompe los grilletes del materialismo y supera el agnosticismo kantiano, demostrando que el hombre dispone de condiciones mentales para conocer más allá de los límites de la realidad sensorial.

El sentido trascendente de la Educación Espírita no tiene las implicaciones salvacionistas de las formas de Educación Religiosa del pasado y del presente. El concepto espírita de trascendencia es puramente racional. La proposición de Karl Jaspers sobre las dos formas de trascendencia humana, la horizontal y la vertical, corresponde a la interpretación espírita. El hombre, como un ser cerrado en si mismo, se abre en la transcendencia horizontal a través de la comunicación, proyectándose en el plano social. Su apertura hacia la transcendencia vertical comienza en la superación de la moral cerrada de Bergson, proyectándose en la moral abierta y alcanza su mayor impulso en la búsqueda de Dios, a través de la religión racional, donde fe y razón se conjugan. El problema místico de la salvación personal se sustituye por  el de la evolución colectiva, puesto que la salvación espírita consiste en la espiritualización de todos los seres humanos. El proceso evolutivo del ser, considerado como irreversible, abarca a todos y sustituye el concepto del pecado por el de error, que siempre será corregido en la sucesión natural de las reencarnaciones.

La Educación Espírita restablece y renueva la concepción de la bondad innata del hombre, de Rousseau, como también el de la caída social, colocando el problema de la redención en términos educativos. Será por la Educación, sustenta Kardec, que podremos reformar al hombre y al mundo. La Religión se encara como una forma especial de Educación, aplicada en todos los tiempos en el sentido de arrancar al hombre de la animalidad y conducirlo a la humanización, por el desenvolvimiento progresivo de su perfectibilidad posible, llevándolo a la espiritualidad. Esa posición espírita es hoy respaldada por la tesis de Hubert, según la cual el fin principal de la Educación es implantar en la Tierra una República de los Espíritus, fundamentada en la solidaridad de consciencias. El concepto de Dios no es antropomórfico, sino cósmico. Dios es lo Absoluto y solo lo podemos comprender en la forma supuesta de una Inteligencia Suprema que creó, sustenta y dirige al Universo, siendo al mismo tiempo inmanente, por la manifestación de su inteligencia en todas las cosas, y trascendente, por la superación del mundo relativo en que evolucionan las cosas y los seres. La reencarnación es una ley natural y universal, un aspecto de la ley general de la palingenesis, puesto que todo se renueva constantemente en todo el Universo, en el proceso de generación y corrupción ya previsto por Aristóteles.

Enseñanza, proceso de información e instrucción, y Educación, proceso de formación moral y espiritual, constituyen las coordenadas de la Doctrina Espírita y señalizan la práctica doctrinaria en todos sus aspectos. Bastaría esto para demostrar que el Espiritismo ocupa, en el mismo campo del Conocimiento, una posición de síntesis. Sus aspectos fundamentales de Ciencia, Filosofía y Religión se encuentran y se funden en el delta de la Pedagogía, para lo cual confluyen todas las aguas de la Cultura. Examinemos mejor esta cuestión. En el campo del conocimiento la Ciencia nace de la práctica, del hacer del hombre en el mundo; la Filosofía brota de la razón, del pensar del hombre sobre el mundo; la Religión surge de la afectividad, del sentir del hombre en su vivir en el mundo. Estas tres provincias del Conocimiento forman la unidad del conocer y por esto no pueden estar en conflicto, puesto que sus controversias quiebran la unidad del Espíritu, confunden la Cultura y  tornan conflictiva la Civilización. Consecuencia inevitable será el conflicto en el campo educativo. La unidad conceptual y estructural del Espiritismo devuelve la unidad del conocer al hombre y restablece la armonía en el campo de la Educación.

Esta era la misión del Cristianismo. Pero el mismo Cristo nos advirtió que ella sólo podría ser realizada en el tiempo, en la proporción en que la evolución espiritual del hombre lo llevase a las condiciones necesarias. De ahí su promesa de enviarnos al Espíritu de la Verdad, que nos conduciría a toda la Verdad, permitiéndonos la comprensión total de su enseñanza. La expresión Espíritu de la Verdad es simbólica. Representa en el Evangelio aquello que John Murphy, en su obra Origines e Historia de las Religiones, llama Espíritu de Civilización. Kardec, en el primer capítulo de La Génesis, explica el por qué el Espiritismo sólo pudo haber surgido a mediados del siglo pasado, cuando el desenvolvimiento científico y filosófico, la rebeldía del estancamiento teológico, permitió al hombre encarar los fenómenos espíritas como hechos naturales, susceptibles de análisis y explicación racional.

Cabe al Espiritismo completar la misión del Cristianismo. Cabe a la Educación Espírita devolver al Espíritu su unidad. La Ciencia, estremecida por su capacidad de investigación y producción, por el descubrimiento de la Técnica, se creyó capaz de esa tarea. Antes de ella el Catolicismo creó la unidad religiosa de la Edad Media, que jamás se completó y costó el elevadísimo precio del fanatismo y de la crueldad. Augusto Compte supuso que la aparente unidad medieval podría ser restablecida a través de la Ciencia, después del Renacimiento, y lanzándose a la aventura del Positivismo. Su intuición filosófica, nacida de aquel instinto espiritual al cual se refirió Kardec, y que está vigilante en nuestro inconsciente, lo llevó finalmente a la comprensión de la necesidad de una religión racional y a fundar la Religión de la Humanidad, que sería la Heredera del Catolicismo en el mundo moderno. La exigencia de la unión de la fe con la razón fue una constante del espíritu francés, como vemos por el episodio de la Religión de la Razón en la Revolución Francesa. Pero esa exigencia sólo podría ser atendida más tarde, a través de Kardec, con la Religión Espírita.

Vemos así que las connotaciones históricas y culturales justifican plenamente el desenvolvimiento natural de la Educación Espírita en la actualidad. Esta Educación, a su vez, exige la elaboración de las formas orientadoras de la Pedagogía Espírita. Es sintomático el hecho de  venirnos también de Francia el primer gran intento en este sentido, como el Tratado de Pedagogía General de René Hubert. Este tratado nos muestra que Hubert era espírita por intuición, en virtud del instinto espiritual que traía en su inconsciente. Su afirmación de que el espíritu es la ley del ser en la existencia y toda su posición en el trato de los problemas educativos lo coloca en una perfecta relación con el pensamiento espírita. Faltó a su obra el esclarecimiento del problema de la reencarnación y sus profundas implicaciones educativas y pedagógicas. Pero aunque no lo aborde de manera directa, Hubert lo aflora, como lo hizo también Kerchensteiner, el gran pedagogo alemán quien fuera, por así decirlo, el parcero europeo de Dewey en la reforma educativa de nuestro tiempo.

Según Kerchensteiner, la Educación es un acto inmanente y necesario de toda sociedad humana y no busca un objetivo natural que el hombre aislado pudiese alcanzar por si mismo, puesto que el ser espiritual no es un animal llevado a cierto grado de perfección, sino una síntesis original y única de los valores culturales, puesto que cada hombre organiza estos valores en su consciencia a su modo y conforme a su individualidad. Y concluye: La Pedagogía es una rama especial de las Ciencias del Espíritu y se funda en el concepto de cultura.

Esta interpretación sociológica de la Educación sobrepasa los límites estrechos de la Sociología actual al definir al hombre como ser espiritual. Por otro lado, la organización de los valores culturales en la consciencia, obedeciendo a un principio de individualización, requiere condiciones evolutivas que solamente el principio de la reencarnación podría explicar. Los medios culturales europeos — y esto fue anotado por Hubert en su tratado — no podrían aceptar la cuestión de las vidas sucesivas de manera pacífica. Kerchensteiner en Alemania y Hubert en Francia no podrían profundizar el problema del ser espiritual en términos pedagógicos. Pero el tiempo avanzó y surgieron entre nosotros las escuelas espíritas, dando nacimiento a la Educación Espírita como un acto inmanente y necesario de nuestra sociedad espírita. Ahora no hay apenas condiciones favorables, pero la exigencia imperativa de la elaboración de una Pedagogía adecuada al desenvolvimiento de esta nueva forma de Educación.

La Revista Educación Espírita procuró crear condiciones, desde 1970, para que pudiese surgir entre nosotros la respuesta necesaria al desafío de las escuelas espíritas. Por cuatro años circuló la revista y ni siquiera se esbozó la posibilidad de esa propuesta. Nos sentimos obligados a  esbozarla en este compendio, con la esperanza de estimular especialistas espíritas mejor dotados a contribuir con sus luces y sus experiencias hacia la orientación pedagógica de la Educación Espírita en nuestro medio. Además con la esperanza de ofrecer a las escuelas espíritas, de todos los grados de enseñanza, algunas sugerencias que pudiesen auxiliarlas en el desenvolvimiento de sus trabajos. El desconocimiento y la incomprensión del asunto son aún tan espantosos entre nosotros que nos animan en este audaz intento.

  

11 de diciembre de 2012

El Espiritismo es ciencia

El ilustre Allan Kardec escribió en una de sus obras fundamentales esta sentencia: "El verdadero carácter del Espiritismo es el de una ciencia y no el de una religión".


El tiempo, que todo lo resuelve, viene a demostrar que el Espiritismo sólo puede existir lógicamente como verdad positiva, a base de ciencia cuyo valor fundamental estriba en la realidad de los hechos, en la observación y estudio experimental de los mismos.


Este concepto científico del Espiritismo lo expresa el filósofo espiritista en otro pasaje:
"Desde el punto de vista filosófico responde a las aspiraciones del hombre respecto al porvenir; pero, como apoya la teoría de éste en bases positivas y racionales, se amolda al espíritu positivista del siglo".


A la muerte de Kardec, el eximio Flammarion pronunció el célebre discurso de despedida al maestro, que hizo honor a la causa espiritista, augurando para el Espiritismo el título de ciencia positiva y tratando de encauzar a sus adeptos en el estudio experimental de sus fenómenos. Dijo en aquella fecha memorable:
"Este método experimental al que debemos la gloria del progreso moderno y las maravillas de la electricidad y del vapor; este método debe apoderarse de los fenómenos de orden aún misterioso a que asistimos, disecarlos, medirlos y definirlos..."


"Porque el Espiritismo no es una religión, sino una ciencia de la que apenas conocemos el abecedario. El tiempo de los dogmas ha concluido".


Gabriel Delanne, uno de los pioneros más valientes y destacados del Espiritismo en Francia, escribe a este respecto: El Espiritismo no es una religión: no tiene dogmas, ni misterios ni ritual. Es una ciencia de experimentación, de la que se desprenden consecuencias morales y filosóficas de inmensa importancia".


A esta concepción amplia y desprejuiciada del Espiritismo, podemos agregar la del eminente naturalista Russel Wallace, espiritista de no dudosa procedencia:
"El Espiritismo es una ciencia experimental y suministra la única base segura para una filosofía verdadera y una religión pura.


Suprime los nombres sobrenatural y milagro..."


"Una ciencia de la naturaleza humana, fundada en los hechos observados; que sólo apela a los hechos y experimentos; que no toma creencias sin pruebas; que insiste en la investigación y en la conciencia de si misma como los primeros deberes de los seres inteligentes; que enseña que la felicidad en una vida futura puede ser asegurada cultivando y desarrollando hasta donde es posible más altas facultades de nuestra naturaleza intelectual y moral y no de ningún otro modo; es y tiene que ser el enemigo natural de toda superstición".


Por su parte dice el Dr. Gustavo Geley:
"Para los verdaderos creyentes en la doctrina espiritista, esta es una ciencia positiva, basada sobre el estudio experimental de los fenómenos psíquicos y las enseñanzas de los espíritus elevados".


A estas autorizadas opiniones podríamos agregar la de todos los verdaderos espiritistas y demostrar que sus convicciones se formaron en el terreno de los hechos, por el estudio, la observación y la experiencia de los mismos y no por creencias religiosas anticipadas, por la fe ciega o por la predisposición mística desarrollada por la necesidad de ampliar los horizontes de esta vida, por esa ansiedad imperiosa que, según los materialistas, sienten las almas cándidas, los espíritus débiles, atormentados por el deseo de penetrar las sombras del misterio y de hallar lo que no alcanza a descubrir la ciencia... a la cual suelen mirar con desdén.


No son los verdaderos espiritistas los que creen en la bancarrota de la ciencia frente a los problemas del alma; por el contrario, es la ciencia para éstos el fundamento de sus creencias, sin los hechos positivos, experimentales, el Espiritismo carece de base, y su filosofía sería uno de tantos sistemas metafísicos, una de tantas religiones, agregados al acervo común de la historia.


El Espiritismo no tiene por punto de partida la fe, sino sus fenómenos y el estudio racional de los mismos: es sobre la base fundamental del fenomenismo psicológico supranormal que descansa su filosofía, su ética y su sociología, y es sobre esa misma base que afianzamos nuestras creencias los verdaderos espiritistas.


Las conclusiones filosóficas que sustentamos emanan de los mismos hechos y no de creencias o de razonamientos a priori: ni siquiera tienen la desventaja -si tal pudiera llamarse a la especulación filosófica subjetiva- de atribuirse a inducciones o deducciones personales, ya que la doctrina espiritista surge espontánea de la naturaleza misma de los hechos, de las manifestaciones inteligentes que de ellos se desprenden.


Es cierto que muchos de los principios o postulados de nuestra doctrina se encuentran diseminados entre las religiones y sistemas filosóficos, pero éstos, las primeras, se fundan en la fe ciega, en el dogma infalible y en absurdas, cuando no mentidas, revelaciones, y los segundos, en deducciones o hipótesis más o menos lógicas, pero siempre discutibles por carecer de fundamento científico que pruebe experimentalmente la veracidad de los principios sustentados.


De todo esto se infiere que si el Espiritismo se impone a la consideración humana por sobre todas las creencias religiosas e ideológicas, es por sus hechos observables y experimentables, y no por un sentimiento místico o por las halagüeñas perspectivas que de él se desprenden para el porvenir del espíritu: deja de ser religión, en el sentido místico y ritual del concepto, pero no puede dejar de ser ciencia sin dejar de existir como verdad demostrable y perder su interés y valor positivos; pues, si le faltan los hechos, los principios ciertos en que se apoya y el conocimiento, aunque relativo, de las leyes que los rigen, ya pasa a la categoría de misticismo, sin que su caudal filosófico y moral pese un gramo más en la balanza del progreso humano.


No tienen, pues, razón aquellos espiritistas que, imbuidos de religiosidad, creyentes por ingenuidad o por simples razonamientos filosóficos, se bastan a su fe y miran con ojeriza a los hombres de ciencia y a sus mismos compañeros que bregan por encauzar el Espiritismo en la corriente científica señalada por los sabios espiritistas que hacen honor a nuestro credo, y, mucho menos, los que hacen de éste una religión como cualquier otra y creen que la Ciencia -por hallarse aún en los balbuceos de esta nueva y fecunda rama de la psicología experimental y no haber llegado aún, en algunos casos, a las mismas conclusiones espiritistas, por buscar la correlación entre los fenómenos fisiológicos y psíquicos o explicar por las mismas leyes anímicas todos los fenómenos supranormales sin hacerse cargo de las manifestaciones de espíritus desencarnados- conduce al materialismo.


No hay que olvidar que así como mucha ciencia conduce a Dios y poca nos aleja de él, lo mismo sucede con la creencia en la existencia del mundo espiritual: un conocimiento incompleto del fenomenismo espírita y de sus manifestaciones no convence a nadie, pero el estudio continuo con métodos adecuados lleva al convencimiento: la mayor parte de los sabios o simples estudiosos que han abrazado el Espiritismo, primero lo negaron; después, con poca ciencia, afirmaron los hechos pero negaron la teoría, y luego, al correr de los tiempos, con más ciencia y experiencia, aceptaron esta última.


La ciencia, la verdadera ciencia, no conduce al materialismo sino cuando es incipiente y carece de la madurez necesaria para llegar a las conclusiones espiritistas.


En muchos casos los que penetran en el santuario de esta profunda ciencia del alma por las puertas de la fe, suelen salir por las del escepticismo o la incredulidad; mientras que otros que entran incrédulos y materialistas salen llenos de fe y de esperanza, después de estudiar los hechos con todo rigor científico y de exigir de ellos toda la luz que anhelaban sus espíritus ávidos de ciencia y de verdad. Ejemplos de esto entre otros mil, William Crookes, Russel Wallace y Lombroso.


Al hablar de ciencia no nos referimos a esa ciencia incompetente, infructuosa, llena de orgullo y de suficiencia que niega la existencia, y aun la posibilidad, de las manifestaciones del mundo espiritual; que no tiene más de positiva que lo que alcanza en la materialidad de las cosas; que, en materia de fenomenismo espírita o de metapsiquismo, en vez de adaptarse a la naturaleza y a las modalidades de los hechos, les impone condiciones y métodos arbitrarios, y, como en semejantes condiciones no halla lo que, por prejuicio de escuela, sus representantes tienen interés en no encontrar -el espíritu como sustancia independiente del organismo- lo niegan: porque su caudal seudocientífico está formado a base de negaciones.


A estos "científicos", que forman una "ciencia" de relumbrón, sí, no titubeamos en declararlos en bancarrota. Hablamos aquí de la verdadera ciencia, de esa diosa augusta que no afirma ni niega nada a priori; que no teme la investigación de ningún hecho, por absurdo e inverosímil que parezca, ni a las condiciones y métodos que su naturaleza impone; que, animado de un profundo amor a la verdad, no se alimenta de prejuicios, sino de la luz espiritual que irradia la renovación constante de la vida.


El Espiritismo es una ciencia integral y progresiva: abarca todos los conocimientos humanos. No es una religión, aunque cultiva y espiritualiza los sentimientos religiosos. "La religión se va, la ciencia viene", ha dicho alguien.
Y no estará demás recordar a los neófitos y profanos que nuestro lema es: Hacia Dios por el amor y la ciencia.


Manuel S. Porteiro
(Transcripto de "Espiritismo: Doctrina de Vanguardia")

Tomado de la revista "Constancia"
Adaptación: Oswaldo E. Porras Dorta
Desde Venezuela


22 de agosto de 2012

Art. 19 de la Declaración Universal de los Derechos humanos

Artículo 19: Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

Declaración Universal de los Derechos humanos, adoptada por la Asamblea General de las    Naciones Unidas el 10 de Diciembre de 1948 en París